16 febrero 2014

Crónica de un viaje por la Patagonia Argentina 7/11: El Calafate

Anterior

A las seis de la tarde llegué a El Calafate. El Aeropuerto se ubica a 22 kilómetros de la ciudad. En la salida hay varios stands de empresas que ofrecen traslados en combis hasta la ciudad. Se pueden reservar de antemano por internet o contratarlas en el lugar directamente. En mi caso, tomé el transfer Ves Patagonia hasta el alojamiento que tenía reservado. Dada la distancia a la que se encuentra el aeropuerto de la ciudad, conviene más viajar en estas combis que tomar un remise. Además, ofrecen una tarifa reducida si se toma el mismo transfer para la vuelta.

Lago Argentino
En la Posada Newenkelen me recibió Verónica, su dueña, super amable y que enseguida me hizo sentir como en casa. Como llegué a última hora da la tarde, lo primero que me recomendó que hiciera, fue reservar la excursión para el día siguiente. Por el pronóstico del tiempo, me sugirió que empezara por ir a la Estancia Cristina y que esperase a que mejorara el clima antes de ir al Perito Moreno. Seguí su consejo y esa fue la excursión que reservé. Una vez que dejé mi equipaje en la habitación, salí a caminar y a comprar provisiones. Lo poco que vi esa tarde de El Calafate me encantó e incluso me pareció más pintoresco y alegre que Ushuaia. Hay muchos restaurantes, locales, hoteles modernos y a última hora se ve mucho movimiento en las calles. Pero recién llegaba y todavía tenía mucho para investigar…

14 febrero 2014

Crónica de un viaje por la Patagonia Argentina 6/11: Despedida de Ushuaia

Anterior

Me levanté muy temprano, más que nada por la ansiedad que siempre me genera la partida hacia un nuevo destino.  El hotel estaba bastante ruidoso, gracias a unos vecinitos de cuarto catalanes que empezaron a correr y a gritar por el pasillo desde bien temprano. Los volví a ver cuando fui a desayunar, justo antes de que se fueran a una excursión. Por suerte, ya me iba del hotel… Dejé las valijas en la recepción y salí a dar una última vuelta por la ciudad. 

El día estaba lluvioso y frío. Bajé hasta Maipú y caminé por la costanera hasta encontrar otra vez el bar “Ramos Generales”. Ahí paré para tomar un café con crema y comer una croissant gigante y deliciosa. Encontré que hay muchos lugares donde se come riquísimo, pero al igual que en Buenos Aires hay que acordarse de ver los precios antes de entrar. En los lugares donde fui, pagué precios razonables y comí muy bien. Me recomendaron el restaurante “Volver”, pero no pude ir. Parece que es el único de Ushuaia que tiene entre sus especialidades la carne de castor, entre otras especies típicas locales. 

La hora de la partida se acercaba, estaba lloviendo y hacía mucho frío, así que volví al hotel a buscar mi valija y a tomar un taxi al aeropuerto. Cuando llegué, me enteré de que mi vuelo estaba demorado más de dos horas, así que tuve tiempo para dar vueltas por el free shop, comprarme un perfume, leer y comer algo tranquila antes de irme. Me encontré con la parejita que había conocido en la excursión por los lagos y nos quedamos un rato charlando y lamentándonos por el tiempo que estábamos perdiendo por culpa de la demora del avión, ya que era muy poco lo que podríamos recorrer en El Calafate  después de la hora a la que llegaríamos.

Plaza Islas Malvinas
Alrededor de las tres y media de la tarde despegó finalmente mi vuelo rumbo a mi próximo destino: El Calafate.

08 febrero 2014

Crónica de un viaje por la Patagonia Argentina 5/11: La Ciudad

Anterior




Bar Ramos Generales
Me levanté después de las ocho. Después de desayunar, salí a caminar por la ciudad para ver los últimos lugares que me habían quedado pendientes para visitar. Con el correr de los días comprobé que era cierto el consejo de que no vale la pena hacer el city tour en el double decker ya que la ciudad se recorre fácilmente a pie.  Buscando un cajero automático bajé por Maipú y así encontré un bar encantador. “Ramos Generales” es una mezcla de “museo – restaurant – bar – vinoteca – panadería – pastelería y tienda de pret a porter” según reza en el folleto publicitario. Con un chef francés a cargo de la cocina, preparan delicias dulces y saladas que se pueden degustar tranquilamente en un ambiente cálido que invita a quedarse. Allí tomé un café y comí la que hasta ahora es la factura más exquisita que probé en mi vida: una masa del hojaldre más delicado, rellena con puré de manzanas y bañada con almíbar. Compré para llevarme unos “buñuelos de vainilla”, especie de cuadraditos con gusto a vainilla que venden al peso y resultaron ser riquísimos también. Sobre un mostrador, exhibían unos originales pingüinos de merengue bañados con chocolate, a los que resistí la tentación de llevarme y solamente les saqué una foto… Salí del bar y seguí caminando por Maipú rumbo a la Casa Bebán. En el camino encontré la pequeña librería “Ediciones de la Lenga” donde compré a muy buen precio una novela en inglés que fui leyendo en los aeropuertos. Ahí descubrí que es mejor pagar en efectivo que con tarjetas de débito o crédito. Les toma un rato largo comunicarse para conseguir autorización, eso si logran comunicarse, por lo que es bueno tenerlo en cuenta si se está apurado o si no se tiene efectivo encima.

Casa Bebán
La Antigua Casa Bebán queda frente al puerto, en la zona opuesta al centro. Está en un área abierta, rodeada por una plaza. La pintoresca vivienda perteneció a uno de los primeros pobladores de Ushuaia y, actualmente, funciona como centro cultural y sala de exposiciones. El día que fui, había una exhibición de objetos y láminas explicativas acerca del naufragio del Monte Cervantes. El episodio del hundimiento del crucero Monte Cervantes ocurrió el miércoles 22 de enero de 1930 y se lo conoce también como el “Titanic argentino”. El barco transportaba cerca de 350 tripulantes y 1120 pasajeros a bordo. La tragedia se desencadenó cuando el buque encalló en unas rocas sumergidas cerca de los islotes “Les Eclarieurs” a poco de su salida del puerto de Ushuaia. Creo que fuera de esta ciudad está bastante poco difundida la trágica historia de este hundimiento en el cual la única víctima fatal fue el capitán, Theodor Dreyer, cuyo cuerpo nunca fue encontrado. Por lo demás, las mismas láminas y objetos similares se encuentran en otros museos de la misma ciudad, así que la muestra no aporta demasiado para ampliar el conocimiento del tema, pero sí para insistir con su difusión.  Luego aproveché el sol y el calorcito que estaba haciendo para quedarme descansando en la plaza, hasta que llegaron unos adolescentes escuchando reggaetón a todo volumen, así que decidí retomar mi camino y fui volviendo hacia el centro. Me habían contado que cuando el día está soleado por un largo rato, los lugareños se desesperan por salir al aire libre. El clima es tan cambiante en la región que en cuanto el sol se instala por unas horas, la gente se pone contenta y sale a tomar sol.


Plaza y costanera al fondo
Pasé por la Secretaría de Turismo para ver si había alguna otra excursión que pudiera aprovechar durante la tarde, pero la ida a la pingüinera de la Estancia Harberton me resultaba muy costosa y pasaba por lugares en los que ya había estado. La otra opción era subir al Glaciar Martial, pero como tenía que hacer un “trekking” en ascenso, lo descarté porque estaba demasiado cansada y necesitaba tomarme un respiro. Encontré demasiada (para mi gusto) oferta de actividades que incluían el trekking. Para el que no está entrenado, no puede o no le gusta caminar tanto, no hay otras alternativas.  Así que otra vez me fui a almorzar a Moustacchio (unos sorrentinos al filetto muy ricos) y después volví un rato al hotel para descansar. Más tarde regresé al centro para deleitarme con un exquisito chocolate en “Chocolates del Turista”, al que acompañé con una porción de tarta de frutos rojos y chocolate blanco. Caminé un rato por la ciudad, esperando que empezara a nevar, pero no tuve suerte. Solo cayó agua nieve y lloviznó durante el resto de la tarde y casi toda la noche. Tenía la ilusión de ver nevar antes de mi regreso a Buenos Aires, pero mi sueño no se cumplió esta vez.


Crónica de un viaje por la Patagonia Argentina 4/11: Los Lagos

Anterior

Después de las nueve y media llegó Leo a buscarme en la combi. Esta vez el grupo estaba integrado por una pareja de novios de Buenos Aires y Olga y Mónica, dos señoras venezolanas encantadoras.

Criadero de perros en Cerro Castor
Iniciamos el camino por la Ruta Nacional 3, rumbo a los centro de esquí que se estaban empezando a preparar para la temporada invernal. La primera parada fue para observar los turbales característicos de la zona. En invierno, esos terrenos se cubren de nieve y son ideales para la práctica de esquí de fondo, la más antigua de las variedades de esquí, originada en los países nórdicos. Luego fuimos a uno de los centros invernales para ver los caniles donde crían a los perros empleados para tirar de los trineos. El cuidador me contó que crían perros siberianos y alaskanos. Estos últimos no son aún una raza oficialmente reconocida. Provienen de una mezcla de razas de la que resultan perros parecidos a los huskies pero con el pelo más corto. Lo que buscan los criadores, tanto en este caso como con los siberianos, es lograr perros resistentes y fuertes para el trabajo al que están destinados, sin importar si se respetan exactamente los estándares de cada raza. Los perros permanecen en actividad durante toda su vida, aunque los más viejos con menor intensidad que los más jóvenes. Si dejan de entrenar o de correr con los trineos, el sedentarismo les acorta la vida.

Dejamos a los perros para seguir viaje rumbo al famoso centro invernal de Cerro Castor, donde paramos para recorrer las instalaciones y el restaurant, único sector que estaba habilitado en ese momento. Continuamos rumbo a los lagos, pasando por otros centros invernales aún cerrados o con mínima actividad, pero seguimos de largo sin bajar a verlos.  Atravesando la Cordillera de los Andes por el Paso Garibaldi, llegamos finalmente a Lago Escondido. La primera vista fue desde lo alto del camino, por donde pasa la ruta, desde donde lo veíamos extenderse hacia abajo en la montaña.

Lago Escondido
La mejor forma de acercarse al lago es bajar caminando por un camino de montaña. No sé cuánto tiempo duró la bajada (una hora quizás) pero el camino fue hermoso y valió la pena el esfuerzo. La meta era llegar a la Hostería Petrel, ubicada al borde del lago. En ese momento, la hostería estaba cerrada y abandonada debido a un litigio judicial que impide el ingreso al lugar. Recorrimos un poco los alrededores, tomamos fotografías y seguimos rumbo al Lago Fagnano. En algún lugar de la ruta, Leo paró para buscar unas ramitas de calafate así podíamos probar los frutos. ¡Son riquísimos! Parecidos a los arándanos pero más chiquitos, dejan la lengua morada por un rato. La leyenda dice que el que prueba calafates, vuelve a la Patagonia. Yo los había probado en forma de dulce hace muchos años en Esquel, así que espero que se renueve el hechizo del calafate y pueda seguir volviendo a estos maravillosos lugares. Cuando llegamos al Fagnano, el viento patagónico se hizo sentir con toda su intensidad por primera vez desde que llegué a la Patagonia. Estaba nublado, así que bajamos de la combi para tomar unas fotos y caminar un poco, pero tuvimos que volver rápido porque hacía mucho frío y había demasiado viento. Ese fue el último punto que tocamos en la excursión.

Lago Fagnano


Museo Casa de Gobierno
Desde allí volvimos al centro invernal donde estaban los perros y en ese lugar almorzamos.  El almuerzo fue espectacular. Comimos cordero fueguino asado acompañado 
con ensaladas y estaba delicioso. Lo pasamos muy bien, charlando con la gente del grupo. La vuelta a Ushuaia fue rápida. Vinimos escuchando un CD de una banda de reggae local y charlando entre todos. Los chicos se bajaron en el Presidio, las señoras venezolanas en el hotel y yo, en el Museo del Fin del Mundo. La visita al Museo me desilusionó. La entrada resulta muy cara dado que es muy pequeño (una casa antigua con cinco habitaciones convertidas en salas de exposición), tiene demasiadas láminas explicativas y poco material original. El ticket habilita para visitar también la Antigua Casa de Gobierno provincial, ubicada a dos cuadras sobre la avenida Maipú, y que me pareció mucho más interesante. Su construcción data de 1891 y fue inicialmente la vivienda del Gobernador. Tras un incendio en 1920 que destruyó la Casa de Gobierno, este edificio se remodeló y se convirtió en Casa de Gobierno y residencia del Gobernador al mismo tiempo. A través de los años fue cambiando de función hasta que en 2002 fue restaurada y convertida en un centro histórico-cultural perteneciente al Estado provincial. La Casa conserva la sala de sesiones original, el despacho del gobernador y varios muebles que pertenecieron a antiguos pobladores de la zona. La recorrida es breve, así que después salí a tomar fotos del puerto. Después seguí caminando por San Martín, compré comida en el supermercado y volví al hotel caminando.

Me quedé un rato mirando la tele y pensé que era muy raro estar mirando el estado del tránsito en la ciudad de Buenos Aires y cómo afectaba la ola de calor a los porteños, mientras que en Ushuaia llovía, hacía tres grados y los autos circulaban tranquilamente. En la cartelera del servicio de cable Super Canal encontré solo dos canales con información provincial, pero me pareció que no funcionaban las 24 horas. Por lo menos, fueron útiles para saber la temperatura y enterarse de alguna noticia local.  No hice planes para el día siguiente. Necesitaba descansar aunque sea un día, después de todo, eran mis vacaciones, y no había encontrado excursiones que me interesaran especialmente. 


Continuar leyendo acá


03 febrero 2014

Crónica de un viaje por la Patagonia Argentina 3/11: El Parque Nacional de Tierra del Fuego

Anterior

Me levanté temprano para estar lista a tiempo. El Parque Nacional de Tierra del Fuego era la excursión que tenía programada para ese día.

A las nueve menos veinte llegó puntual la combi para empezar la excursión. La agencia que contraté era Ryan’s Travel y Leo era el guía a cargo. Enseguida partimos rumbo al Parque Nacional de Tierra del Fuego. Mis compañeros de viaje eran cinco brasileros muy simpáticos. Charlando entre todos, fuimos haciendo el camino de doce kilómetros que separa a la ciudad del Parque. 

El Parque Nacional Tierra del Fuego fue creado en 1960. Está ubicado al sudoeste de la provincia junto al límite internacional con Chile. Abarca 63.000 hectáreas del extremo austral de la Cordillera de los Andes, en una franja que va desde la Sierra de Beauvoir, al norte del Lago Fagnano, hasta la costa del Canal de Beagle en el Sur. Al ingresar al Parque, se debe abonar una entrada cuyo valor difiere para los turistas nacionales y los extranjeros.


Bahía Ensenada

La estafeta postal del Fin del Mundo
Lo primero que hicimos cuando llegamos, fue llevar a mis compañeros de viaje a la estación del Tren del Fin del Mundo, donde ya estaba echando humo la locomotora lista para partir. Yo decidí no tomarlo, en parte por su elevada tarifa y principalmente, porque estaba advertida de que el recorrido no pasa por los lugares más interesantes que se pueden ver en el Parque, lo cual después pude comprobar que era cierto. Así que mientras mis compañeros se preparaban, me quedé sacando fotos por la Estación y luego fui con Leo a conocer otros sectores del Parque que me parecieron muy bellos. Así llegamos a Bahía Ensenada donde bajé hasta el muelle en el que está la estafeta postal del Fin del Mundo, una pequeña casilla de madera donde funciona una emblemática sucursal del Correo Argentino. Frente a la costa, se divisa a pocos metros la Isla Redonda y más allá el Canal de Beagle. Bajo una imprevista y suave lluvia, caminé durante un rato por los senderos del bosque, marcados con escalones y vallas de madera para facilitar el recorrido entre la espesa arboleda, hasta que se hizo la hora de volver a buscar a los brasileños que hicieron el paseo en el Tren.

Lago Roca
En el camino de ida hasta la estación pude ver una parte del bosque talado hace décadas o quizás ya un siglo, por los presos de la cárcel de Ushuaia. El frío detiene el proceso de putrefacción de la madera lo que pareciera congelar el paso del tiempo y permitirnos tener una idea bastante cercana de lo que pudo haber sido el panorama en aquella época.  El paseo siguió rumbo al bellísimo Lago Roca, cuyo color varía según el estado del tiempo y desde donde se divisa el límite con Chile. Caminamos por la orilla del Lago rumbo al Centro de Visitantes. Allí hay un centro de interpretación de la flora autóctona y una recreación del entorno y el sistema de vida de los yámanas, habitantes originales de la zona que actualmente ocupa el Parque. En varios sectores de las costas del Canal de Beagle y del Lago Roca aún existen antiguos yacimientos arqueológicos en forma de montículos circulares conocidos como “concheros yámanas”. Los yámanas instalaban sus campamentos en las costas aprovechando los recursos marinos. Se desplazaban en canoas construidas con varillas y planchas de corteza de lenga y se dedicaban a la caza de lobos marinos y a la recolección de moluscos, principalmente mejillones y cholgas. Los desechos acumulados a causa de ese consumo son los que conforman el interior de los concheros. Mientras algunos tomaban un refrigerio en la cafetería del Centro, aproveché para recorrer los alrededores y sacar fotos a los cisnes de cuello negro que estaban en el lago y a los conejos marrones que corrían tratando de esconderse en el pasto. Desde allí volvimos a la camioneta para salir rumbo a Bahía Lapataia, el extremo sur del continente, allí donde termina la Ruta Nacional 3.


Bahía Lapataia
Como  creo hacen todos los turistas que pasan por ese confín del mundo, me saqué la foto frente al cartel que anuncia los 3079 kilómetros que me separan de mi casa en Buenos Aires y que voy a guardar junto con la que me saqué en el paso fronterizo entre La Quiaca y Villazón cuatro años atrás. A partir de ese punto, todo lo que había que hacer era desandar el camino. Pasamos por turbales y castoreras, donde vimos el daño que esos animales causan en el medio ambiente de la Isla. Los castores fueron llevados a Tierra del Fuego desde Canadá. Al no ser este su hábitat original, no tienen predadores naturales y se han convertido en una plaga incontrolable. Quienes recorren los bosques habitualmente, coinciden en comentar sobre la necesidad de organizar y fomentar la caza de los castores para detener el daño que generan y que se agrava año a año debido a la reproducción descontrolada. Pasando por bosques de ñires y lengas doradas que anunciaban la llegada del otoño, de a poco fuimos volviendo a Ushuaia, adonde llegamos a las dos y media de la tarde. Me despedí de Leo y los brasileños, sin saber que nos volveríamos a encontrar más adelante.

Castorera
Me quedé en el centro, otra vez por la calle San Martín. Comí pizza en Moustacchio, un restaurante muy recomendable por el precio y la amable atención. Mientras almorzaba, el clima cambió totalmente. Luego de una mañana soleada que llegó a asombrar a los lugareños por su calidez, la tarde empezó nublada, lluviosa y fría. Por suerte, el chaparrón del mediodía duró menos de lo que auguraban, así que después de comer, caminé las pocas cuadras que separaban al restaurante del Museo Marítimo y Presidio, también conocido como “la cárcel del Fin del Mundo”.

Museo Marítimo y Presidio
La cárcel de Ushuaia comenzó a existir en 1883 con un proyecto que el entonces presidente Roca presentó al Senado; en 1902 se empezó a construir y el 21 de marzo de 1947 fue clausurada definitivamente mediante un decreto del presidente Perón. Por el presidio pasaron algunos de los convictos más célebres de su tiempo, entre ellos Cayetano Santos Godino “El Petiso Orejudo” quien entre 1904 y 1912 aterrorizó a Buenos Aires con una serie de asesinatos de niños. Otro famoso convicto fue el militante obrero anarquista Simón Radowiztky, acusado por el crimen del comisario Ramón Falcón en 1909, único condenado que logró fugarse por algún tiempo. También estuvo allí alojado Mateo Banks, alias “El Místico” quien en abril de 1922 mató a seis integrantes de su familia y a dos peones en la localidad de Azul. A los hermanos José y Marcos Leonelli, asesinos seriales mendocinos, se sumaron los confinados políticos de la década del ’30 como el periodista y escritor Ricardo Rojas, entre otros.  Llegué a tiempo para recorrerlo tranquila y esperar la visita guiada de las 16.30. El Museo del Presidio guarda elementos que fueron utilizados por presidiarios y carceleros, entre ellos, los uniformes originales y objetos confeccionados en los talleres por los penados, tales como cigarreras, costureros, portaplumas y bastones.  Al Museo hay que ir con tiempo, porque hay mucho para ver. En realidad se podría definir como un “complejo cultural”. En el edificio de la antigua prisión, además del Museo del Presidio, funcionan actualmente el Museo Antártico, el Museo Marítimo, una galería de arte para exposiciones temporales, un bar, un “gift shop”, un salón de usos múltiples que usaban los reclusos en determinadas ocasiones, y un Museo de Arte Marítimo donde se exponen obras de artistas de primer nivel en las antiguas celdas recicladas.


Interior del Presidio

Área original del Presidio
El sector que más me impresionó fue el área que se conserva tal como era el presidio originalmente. En algún momento de mi caminata por los pasillos me di cuenta de que me había quedado sola en ese lugar, lo cual fue una experiencia escalofriante.  

Después de recorrer el Museo por poco más de dos horas, volví al centro. Aproveché un folleto de promoción que me habían dado cuando hice el paseo en catamarán por el Beagle y fui a tomar un chocolate de cortesía en “Chocolates del Turista”. Lo acompañé con una deliciosa porción de cheese cake de frutillas y de paso compré chocolates para regalar a mi familia. Volví al hotel temprano para poder descansar después de un día de tanta caminata.  Para el día siguiente tenía contratada otra excursión con Leo: esta vez íbamos a los lagos Fagnano y Escondido. 



Continuar leyendo acá



02 febrero 2014

Crónica de un viaje por la Patagonia Argentina 2/11: Ushuaia y el Beagle

Anterior

Un martes de principios de marzo de 2011, cerca de las doce del mediodía, llegué a Ushuaia. Solamente al ver desde el avión la silueta de la isla y luego, al divisar la ciudad, no podía creer la belleza del paisaje. Pasé todo el día en ese estado de encantamiento y asombro permanente al sentir que estaba inmersa en una postal que desde chica había visto a la distancia y tanto me había maravillado. El taxista que me llevó hasta el hotel, un mendocino que hacía veinte años se había mudado a Ushuaia, me contó un poquito sobre algunos lugares que pasamos: el barrio militar cerca del aeropuerto con algunas de las casitas más viejas de la zona y que se conservan tal como eran cuando las construyeron. 


Vista de la ciudad

El alojamiento que reservé por mail era la Hostería Chalp, ubicada un poco alejada del centro, pero igualmente era accesible a pie. La elegí porque las tarifas eran bastante más bajas que en los hoteles del centro y, sobre todo, porque no estaba dispuesta a compartir el baño, lo que me hubiera abaratado considerablemente los costos de alojamiento. La hostería estaba bien, pero no tanto como lo anunciaban. De hecho, no la recomendaría ni volvería a alojarme allí. Había ciertos detalles de limpieza que pasaban por alto, se veía basura acumulada en el patio trasero, el baño perdía y la ducha era increíblemente pequeña lo que me obligaba a hacer piruetas para bañarme. Igual, me atendieron muy amablemente y me dejaron comer en el cuarto (me ofrecieron vajilla en el caso de que la necesitara). Esto fue buenísimo para ahorrarme unos cuantos pesos a la hora de la comida. La hija de la dueña se encargó de contratarme las excursiones, lo cual estuvo muy bueno porque también ahorré el tiempo de salir a recorrer agencias y comparar precios y recorridos.

Catamaranes en el muelle de Ushuaia
Cuando llegué, lo primero que hice, aprovechando el buen tiempo, fue contratar la excursión por el Canal de Beagle con minitrekking en las Islas Bridges. La salida de los  barcos depende del clima, así que frecuentemente los tours se suspenden y reprograman para cuando las condiciones lo permitan, por lo que conviene hacerla ni bien se llega, sobre todo si uno no se va a quedar muchos días.  Era la una cuando arreglé para tomar la excursión y a las tres tenía que estar en el puerto, así que salí caminando para encontrar un lugar para almorzar. Comí un sándwich muy rico en “Banana” un bar en la calle San Martín, con precios razonables y muy buena atención. Desde allí caminé dos o tres cuadras hasta el muelle turístico donde estaba el stand de Canoero, la agencia que había contratado para recorrer el Canal.  Después de los trámites previos al embarque, el catamarán “Elisabetta” partió puntualmente. Los pasajeros eran en su amplia mayoría turistas extranjeros: brasileños, italianos, mexicanos, franceses, ingleses, japoneses… y muy pocos argentinos, así que la guía se dedicó a los extranjeros y no prestó demasiada atención a los locales.

El catamarán durante la parada en la Isla Reynolds

El relato fue casi predominantemente en inglés, pero ni eso, ni los niños gritando ni los brasileros que no escuchaban a nadie, lograron opacar un paseo tan hermoso. Con una magnífica vista de la ciudad y del cordón montañoso que la rodea, fuimos dejando la bahía de Ushuaia para llegar al Canal de Beagle a través del Paso Chico. Lentamente dimos una vuelta alrededor de la Isla de los Pájaros habitada por cormoranes, skúas, cauquenes, albatros y otros ejemplares típicos de la zona. Pasamos luego por la Isla de los Lobos, habitada casi exclusivamente por lobos marinos de uno y dos pelos a los que se les suma una colonia de cormoranes. Un rato después llegamos a Puerto Karelo en el archipiélago Bridges donde descendimos en la Isla Reynolds para una breve caminata, un poco exageradamente anunciada como “trekking” en el folleto de la agencia. La superficie de la isla es rocosa, salpicada por una vegetación rala y chata. Allí apreciamos los concheros yámanas que quedaron como rastros de la presencia de antiguos pobladores originarios. En cierto momento la guía nos señaló que estábamos parados en el medio del Canal del Beagle: a la izquierda, el Pacífico y a la derecha, el Atlántico. Luego seguimos navegando hacia el Faro Les Eclarieurs” (Los Iluminados) que resulta conmovedor con su solitaria presencia en medio de esas aguas salvajes. Este es el faro que suele ser confundido con el del Fin del Mundo, pero los guías se encargan de aclarar en repetidas oportunidades que el del Fin del Mundo es el que está en la Isla de los Estados y no es este. A las seis estuvimos de vuelta en el puerto de Ushuaia. 


El faro Les Eclarieurs

El resto de la tarde lo aproveché para caminar por San Martín, la calle principal del centro de la ciudad. Me habían contado que había dos free shops donde se podían conseguir artículos electrónicos y perfumes. Pero tenían muy poca mercadería así que me fui sin llevar nada. Incluso llegué a ver artículos al mismo precio que los vendían en Buenos Aires.

Las artesanías que encontré en los negocios de San Martín son las mismas que se le pueden comprar a cualquier “artesano” a lo largo de todo el país. En este caso están recicladas con el rótulo de “Ushuaia”, pero también podrían decir “La Quiaca”, “San Luis” o “Buenos Aires”. Dicho sea de paso, también pueden encontrarse estampas tangueras o “Recuerdos de Bariloche” en cualquier “gift shop” de la ciudad. Los precios son altísimos hasta para los turistas europeos. Más tarde compré provisiones para la cena y volví al hotel para descansar ya que el siguiente también sería un día intenso. 


Continuar leyendo acá

Crónica de un viaje por la Patagonia Argentina 1/11: Ushuaia y El Calafate

Esta es la crónica del viaje que hice por aquellas regiones en marzo de 2011. Originalmente, publiqué este texto ese mismo año en la web de Viajeros.com. Ahora lo vuelvo a publicar en mi blog, con algunas pequeñas modificaciones.


Mirador del Upsala. Estancia Cristina. Pcia. de Santa Cruz

Continuar leyendo acá